Los esponsales de Ramón Berenguer IV y Petronila de Aragón: Uno de los mayores braguetazos de la Edad Media.

Los esponsales de Ramón Berenguer IV y Petronila de Aragón: Uno de los mayores braguetazos de la Edad Media.

Supongo que sabréis perdonarme la vulgaridad, pero es el mejor término que existe para describir lo sucedido el 11 de agosto de 1137.

            Aquella calurosa mañana de verano, en Barbastro, el rey de Aragón Ramiro II hacía entrega de su hija, Petronila, de tan solo un año de edad, al conde de Barcelona, Osona, Gerona y Cerdanya, Ramón Berenguer IV. El conde, lozano guerrero de veinticuatro años, se convertía en señor feudal del reino de Aragón, rindiendo homenaje únicamente a su futuro señor natural, el rey Ramiro.

Pero, ¿por qué la donación del reino? ¿Y por qué en tales términos?

Primero de todo tenemos que entender el factor ideológico de la primera mitad del siglo XII. Peyronella (o Peronella en catalán) entregaba como dote el reino de Aragón, como era común en el derecho navarroaragonés. Admitida es la tesis de Antonio Ubieto por la cual el enlace tuvo lugar conforme a la institución jurídica aragonesa denominada “Casamiento en casa”. Otros autores, no obstante, han puesto en duda tal conclusión, puesto que, aducen, esta institución no aparece formalmente registrada hasta el siglo XIV. Sea como fuere, es de justicia acotar que las compilaciones de fueros y corpus legales en la Corona no tienen lugar hasta el siglo XIII, y que en ese mismo siglo XII existen otros ejemplos de “Casamiento en casa”. Que no aparezca reflejado en ningún corpus legislativo de la época no implica que no existiera en la costumbre del derecho privado. También es cierto, no obstante, que la tesis todavía sigue estando en tela de juicio, como corresponde a las formulaciones científicas de cualquier disciplina.

Sea como fuere, el gobierno del reino de Aragón, junto con todas sus tierras y hombres, pasaba a formar parte del patrimonio condal, que, a su vez, quedaba infeudado al del rey Ramiro. Los sucesores de tal enlace, si los hubiera, serían reyes de Aragón y condes de Barcelona. Si se diera la fatalidad de que Peyronella no sobreviviera a su marido, éste podría disponer libremente del reino aprehendido. Era una jugada arriesgada la del rey. Se lo estaba jugando todo a una carta. Pero es que no tenía otra opción.

¿Por qué lo hizo? Al morir su hermano Alfonso, el legendario Batallador, este decidió contravenir ese mismo derecho navarroaragonés, dejando los reinos de aragoneses y pamploneses, a partes iguales, a dos órdenes religiosas, el Hospital de San Juan de Jerusalén y el Santo Sepulcro, y a una orden militar, los Pobres Caballeros de Cristo: los templarios. Existen muchos interrogantes sobre por qué hizo esto, sin embargo, a veces el pragmatismo historiográfico nos frena a la hora de sacar conclusiones. Acaso la respuesta a este sinsentido testamentario la tengamos delante de las narices, pero seamos reacios a reconocerla. El testamento está rodeado de muchos interrogantes, pues su redacción se hizo sin que ninguno de los testigos fuera religioso, algo que no era común. La historiadora israelí Lourie presentó hace poco una tesis al respecto que revolucionó la historiografía. Sin embargo, quizás no debamos elucubrar tanto. Otros nobles aragoneses se habían hecho cofrades en vida, y algunos de ellos también habían legado todo su patrimonio a estas órdenes; el caso de Gastón de Bearn, señor de Zaragoza, es el más sintomático. Quiero decir: Alfonso no era el primero. El Batallador sabía que al morir sin descendencia lo más probable es que el reino y todas las conquistas pasaran a engrosar el patrimonio de su hijastro, el emperador leonés Alfonso VII, previsible próximo señor de todas las hispanias. El rey Alfonso sabía que su hermano Ramiro era débil y sin preparación para reinar. El reino de Aragón devenía, a su muerte, en un caramelo en la puerta de un colegio. Si el rey Alfonso redactó este testamento, lo hizo a sabiendas de que no se podía cumplir; y, lo que es más importante: lo hizo para involucrar al papado. A muchos historiadores se les olvida que el rey de Aragón, al contrario que otros monarcas de la península, era vasallo del Papa desde que su padre Sancho Ramírez viajara a Roma para infeudarse con todo su reino al pontífice. El Papa era, en última instancia, el dueño espiritual y terrenal del reino de Aragón, en virtud de esta infeudación. Si Alfonso el Batallador hizo esto, fue para meter de lleno al último señor de sus dominios, su señor supremo antes que Dios; y la mejor manera era nombrar herederas a tres órdenes cruzadas que pertenecían directamente al Papa, pasando por encima de toda la compleja red institucional de la iglesia, una maraña de señores feudales que alejaban el objetivo último del testamento: el Papa. Era una forma de hipotecar la tierra antes de verla en manos de sus enemigos. No era tonto el Batallador, pues en última instancia debió vaticinar que el Pontifice, nuevo señor de Aragón, pondría las cosas en su sitio, como de hecho al final, con un guión algo cambiado, así sucedió.

Curiosamente Ramiro, tres años después, se vio en la misma tesitura, sino peor: García Ramírez, otrora mano derecha de su hermano Alfonso, había desgajado el reino de Navarra intitulándose allí rey; Alfonso VII ya se había hecho dueño de la joya de la corona: Zaragoza, así como de otras conquistas que Alfonso el Batallador llevara a cabo. El reino de Aragón estaba a punto de desplomarse. Ramiro había fallado, y en tres años iba a enrunar el reino que su abuelo, su padre y sus dos hermanos con tanto ahínco habían conseguido levantar. Por eso se lo jugó todo a una carta.

La carta del braguetazo de Ramón Berenguer IV. ¿Por qué braguetazo? Lo vais a entender de una manera muy sencilla. Los condados catalanes y occitanos no eran como el reino de Aragón, el reino de Navarra o el de León. No. Los condados catalanes se regían por un sistema económico y político plenamente feudal. El reino de Aragón no era un territorio feudal. O, por lo menos, el feudalismo no estaba tan desarrollado. Esto era común a todos los territorios del antigua imperio Carolingio. Los condados catalanes eran un conglomerado de territorios privados, donde cada conde, abad, noble o veguer era dueño independiente de su terruño, y aplicaba la justicia, la política y la legalidad de manera completamente independiente. Aunque la mayoría de ellos eran vasallos del conde de Barcelona, de facto se comportaban como señores independientes, incluso los pequeños señoríos que estaba dentro de los límites del condado de Barcelona. Feudalismo puro y duro. En Aragón no. El rey de Aragón era dueño y señor de todo el reino, y cedía territorios y beneficios a sus nobles en concepto de tenencias (las denominadas honores), de las que les podía desproveer cuando quería y no tenía la obligación de cederlas en régimen hereditario. Así, los nobles eran meros administradores de un patrimonio que, a la postre, pertenecía en última instancia al rey (eran dueños de lo que se denominan señoríos jurisdiccionales). Con este planteamiento, es lógico que Ramón Berenguer IV, que realmente actuaba como rey dentro su patrimonio condal, diera el braguetazo de su vida: se iba a hacer dueño de un reino sobre el que tendría la potestad total, cosa que no podía ejercer sobre sus condados y señoríos catalanes vasallos; sobre el que podría disponer de las rentas y señoríos bajo libre arbitrio, sin una nobleza tan independiente como la de sus territorios condales. El conde pasaba a ser rey, sí de facto y no de potestad, pues en vida siempre se intitularía como princeps de Aragón.

Y de ese braguetazo surgió una unión política que se convertiría en la institución más poderosa del Mediterráneo a lo largo de la Baja Edad Media.

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Ramón Berenguer IV y Petronila de Aragón

Documento firmado por Ramiro II, dote de los Esponsales Ramón Berenguer IV y Petronila de Aragón

Vista de la ciudad de Barbastro (Huesca), donde tuvieron lugar los esponsales.

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